El reloj marcaba las 6:43 p. m., pero para Ares Ravage el tiempo no era más que un martillo invisible golpeándole el pecho con cada segundo que pasaba. Llevaba casi diez horas encerrado en su oficina, tratando de sofocar el caos que lo habitaba desde hacía días, fingiendo que los números de su imperio le importaban más que la mirada desafiante y herida de su esposa. Había firmado contratos, gritado órdenes, fumado un puro y bebido un par de whiskies, pero nada, nada, había logrado ahogar ese pe