—Igual yo. Hasta luego.
—Hasta luego.
Ella, con el corazón en calma y una sonrisa dulce en el rostro, buscó el primer piso, dirigiéndose hacia la cocina más animada que nunca de continuar con su plan. Renzo, atento y amable, le consiguió todo lo que fue pidiendo, indicándole que su esposo yacía en la oficina. Por lo que ella solo negó con suavidad, aunque tras armar esa canasta con cosas fáciles de comer y tomar la manta de cuadritos que la empleada le entregó, se encaminó a buscarlo.
Mientras