Melissa, al ver las emociones de su madre, tragó saliva, pero dejó la taza en la mesita. Y cuando Angelina se cubrió el rostro dejando entrever un llanto profundo, la joven no pudo evitar moverse y tomar una de sus manos, logrando que pronto la madura mujer la abrazara. La forma en que la estrechó se le hizo tan familiar que la remontó con seguridad a esos días donde, en esa familia que la acogió y le dio un lugar, esa misma mujer la abrazaba como ahora lo hacía.
—Te extraño tanto, mi Melissa —