El ceño se frunció y un quejido se escapó de ella ante ese apretón de mano que sostuvo la suya con firmeza. Su primera caminata como la señora Ravage parecía irle poniendo cadenas imaginarias, apresándole con el peso de una mochila de fuerza que sabía bien que no le dejaría mantener una respiración correcta el resto de su vida. Se vio amordazada, vendada, encerrada en cadenas, y solo pudo parpadear con rapidez cuando esa imagen se tornó en un acercamiento poco decoroso, que también la colgó de