Elizabeth ingresó a la oficina de su esposo sin avisar.
—¿Tengo que pedir permiso? —cuestionó Ely observando con seriedad a su esposo.
—Nunca lo has necesitado —respondió él, se puso de pie y se acercó para saludarla con un beso, pero ella giró su rostro. —¿Vas a seguir molesta conmigo? —cuestionó frunciendo el ceño.
—Jamás imaginé que fueras tan injusto, y que no permitieras a Pau y Gabo explicar las cosas —expuso con pesar—, pensé que con los años, y al estar en contacto con tantos niños q