En algún punto, el pasillo dejó de ser pasillo. Los muros se disolvieron, y sólo quedaron ellos dos, atrapados en una oscuridad cálida, pegajosa, donde cada roce se amplificaba.
La respiración de Fanny se volvió errática, llena de gemidos que no podía contener, mientras algo en su interior ardía como si finalmente hubiera encontrado la chispa adecuada para encenderse por completo.
Y entonces, de golpe, el sueño cambió.
Entre el calor y la presión de un cuerpo contra el suyo, algo helado se coló