La noche era espesa, sin estrellas. Un silencio irregular latía entre las calles húmedas, como si la ciudad contuviera la respiración. Fanny caminaba sola, sin saber exactamente por qué había salido ni hacia dónde iba.
El aire tenía el mismo sabor metálico que en sus sueños, ese eco de Michel que seguía persiguiéndola incluso al despertar.
Su cuerpo todavía recordaba, sin entender, los fragmentos de aquel sueño: el roce, la voz, la mezcla de miedo y placer que se había quedado adherida a su pie