CAPÍTULO 48
Cuando Santiago entró a la habitación yo todavía estaba temblando. Tenía el periódico en las manos, pero apenas podía sostenerlo del miedo. Lo levanté frente a él y se lo mostré
—¿Qué es esto? —pregunté con la voz quebrada—. ¿Qué significa esto, Santiago? Aquí dice que morí. ¿Qué clase de basura hiciste ahora?
Él no se sorprendió. Ni siquiera parpadeó. Solo me miró con esa calma falsa que me ponía la piel de gallina.
—Si la única manera de separarte de Edward es que estés muerta, entonces eso haré —respondió con una tranquilidad que me horrorizaba
Sentí que se me helaba la sangre, me acerqué a él con rabia, le golpeé el pecho varias veces llena de enojo
—¡Estás enfermo! ¡Me repugnas! ¡Déjame en paz! —grité mientras lo empujaba—. ¡Tu obsesión me está destruyendo! Mi vida ya no está a tu lado. Se acabó. ¡Acéptalo!
Me atrapó las muñecas con fuerza. Me dejó inmóvil. Sus ojos tenían esa mezcla de amor y locura que daba miedo.
—Te vas a quedar conmigo a las buenas o a las malas