CAPITULO 68
El pequeño Ed hundió su cara en mi hombro, asustado. Lo apreté contra mí para que no viera la expresión de su padre. Edward se llevó las manos a la cabeza, desesperado, sin saber cómo reaccionar.
—Dios mío… —murmuró—. Esto no puede estar pasando.
Ana María empezó a llorar. Edward la abrazó de nuevo, pero yo sabía que él estaba quebrándose por dentro. Su familia había sido atacada por mi culpa. Santiago había ido directo a su casa. A su esposa. A su hijo.
Y aunque nadie lo dijera en