CAPÍTULO 67
Edward me miró con esos ojos llenos de fuego y ternura. Sus manos bajaron por mi cuello, rozando mi piel. Me jalo más cerca, sentí su erección contra mi vientre. El peligro de afuera se desvaneció; solo existíamos nosotros.
—Dios, Paulina… te he extrañado tanto —murmuró en mi oreja—. Quiero sentirte.
Me besó de nuevo, su lengua invadio mi boca. Sus dedos me empezaron a desvestir.
Él los miró con hambre, luego bajó la cabeza y tomó un pezón entre sus labios, chupando suave, lue