CAPÍTULO 69
Santiago me apretó el brazo con tanta fuerza que sentí que me cortaba la circulación. Su rostro estaba pegado al mío, y sus ojos tenían esa expresión enfermiza que siempre me ponía la piel de gallina. Apenas abrió la boca, empezó a insultarme como siempre lo hacía cuando perdía el control.
—No esperaste ni a que te creyeran muerta para irte a revolcar con él —escupió, acercándose más—. Te desapareces unos meses y ya estás caliente por ese idiota. Qué asco me das, Paulina. Siempre fu