Los restos de la caja de música de porcelana yacían esparcidos sobre la inmensa mesa de reuniones del búnker subterráneo de Dante. Los fragmentos blancos y las rosas negras de cerámica parecían los huesos de un animal pequeño, aplastados junto a la placa base del altavoz y los cables de cobre que habían transmitido la voz de Liam.
Dante Lombardi observaba los escombros en un silencio absoluto. Llevaba más de una hora de pie, con las manos apoyadas en el borde de la mesa, la mandíbula tensa y la