SABRINA
—¡Por Dios, Sabrina! —bramó quebrada mi hermana, poniéndose de pie y rodeando la mesa para venir a mí y fundirnos en un abrazo—. Esto era todo lo que quería de ti, que te convirtieras en lo que eres ahora; una mujer fuerte que puede arreglársela solas sin depender de nadie.
—Todo te lo debo a ti —susurré y ella negó.
—Tal vez no quieras escucharlo, pero ambas sabemos que el responsable, es solo él…
Me mordí el labio inferior y respiré hondo para no llorar.
—Lo sé, Lina. Pero él ya no es