El enorme rubio los miró mientras sujetaba el hacha.
Su expresión se había vuelto más intimidante si eso era posible.
—¿Sabes de qué me olvidé? —murmuró Roger a su lado—. De traer pañales para adultos, porque si sigue mirándome así te juro que me lo hago encima.
Alexander lo miró de reojo nada más porque no quería perder de vista a ese gigante.
—Tú le quitas el hacha y yo lo golpeo —ofreció Alexander.
—Mejor tú te ofreces como tributo y yo corro, soy más joven y tengo más vida por delante.
Tal