Puede que el día no hubiera comenzado de la mejor manera y que hubiera hecho un ridículo considerable, pero ella era una mujer muy optimista.
Solo había sido un percance y eso no cambiaría su buen humor.
Llevó a los pequeños a la escuela, los abrazó con cariño antes de entrar y se maravilló de lo cariñosos que eran.
—¿Vendrás a buscarnos a la salida? —preguntó Gabriel.
—Claro, peque, estaré aquí la primera y cuando hayan hecho sus tareas jugaremos, ¿qué les parece?
—¡Sííí! Ya quiero que sea la