Alexander había llegado de bastante buen humor esa mañana a la oficina.
Había decidido llevar una buena relación con su esposa y dejarse llevar por sus instintos en lugar de por las ideas que lo torturaban.
Su instinto siempre lo había ayudado en los negocios, ¿por qué debía ser diferente con las mujeres?
Le daría a Diana el beneficio de la duda y esperaba que ella poco a poco se fuera abriendo con él y le contara su pasado.
—Lo veo de muy buen humor esta mañana, señor Turner —lo saludó Roger—.