Valeria Gregor
Pietro cerró la puerta del coche tras ayudarme a bajar, y su gesto no delató ni un atisbo de emoción. Observé la mansión con detenimiento mientras avanzábamos hacia la entrada principal. Las enormes columnas blancas y las puertas dobles de hierro forjado parecían pertenecer más a un museo que a un hogar. Era un monumento a su estatus, a su poder, y a todo lo que yo no entendía de él.
La mansión se alzaba frente a mí como un castillo, con su fachada blanca reluciendo bajo el sol y