Ella se quedó inmóvil, sin saber si llorar o agradecer.
—¿Qué haces aquí?
—Rocío me llamó —dijo, acercándose—. Me dijo que estabas sola. Que necesitabas a alguien que te sostuviera sin condiciones. Y… bueno. Aquí estoy.
Ella soltó la maleta. Las lágrimas, contenidas, comenzaron a caer en silencio.
—No tengo adónde ir, Gianluca. No quiero quedarme aquí. No puedo…
Él le sostuvo el rostro entre las manos, sin prisa, sin miedo.
—Entonces ven conmigo. No voy a dejar que enfrentes esto sola.
Por prim