Zayd se sentó frente a mí. Me tomó la mano como si me dijera que estaba ahí, que no me iba a dejar sola en este momento en el que tenía tanto miedo.
—¿Lista?
Lo miré. No me sentía lista. No lo iba a estar nunca. Pero asentí.
—Hazlo.
Sentí la aguja entrar en mi vena. Un ardor sutil. Luego frío. Luego nada.
La enfermera se retiró y nos dejó a solas. El goteo del suero era lo único que rompía el silencio.
—No sé cómo se hace esto —dije, apenas audible—. Cómo se pelea así.
—Un día a la vez —respond