El teléfono de Juniper no dejaba de sonar sobre el escritorio, cubierto de papeles y un café frío que se perdía entre el ruido. Miró la pantalla y le temblaban las manos. Entró otra llamada de la prensa y los mensajes seguían llegando.
Se levantó, se acercó a la ventana y contempló el caos que se desataba afuera. Había periodistas en la calle, con las cámaras encendidas y los micrófonos apuntándola, todos esperándola. Ya no solo les interesaban sus negocios; ahora investigaban su vida personal