ZAYED
Mi oficina en el palacio tenía una sola regla: nadie entraba sin que yo lo supiera.
Mi padre nunca había respetado esa regla.
Lo encontré sentado en mi sillón, frente al escritorio, con las manos cruzadas sobre el bastón que usaba.
—Padre.
—Hijo. —No se movió—. Llegaste temprano.
Dejé la carpeta sobre el escritorio y me solté el botón del saco.
—Terminé el trabajo.
—Tú nunca terminas el trabajo. —Su voz era tranquila, paciente, la peor de sus voces—. En treinta años solo te he visto volve