ZAYED
Algo cambió en su cara cuando leyó ese mensaje.
La vi palidecer, apretar el teléfono, y después guardarse lo que fuera detrás de esa máscara de hierro que cada día le quedaba mejor.
—¿Quién es? —pregunté—. ¿Qué decía ese mensaje?
—Trabajo. —Se guardó el teléfono—. Un contrato. Uno que va a salvar mi empresa.
—Déjame verlo.
—No.
—Mariana.
—Te dije que no. —Dio un paso hacia mí, sin miedo, esa mujer no le tenía miedo a nada—. Escúchame bien, porque solo lo voy a decir una vez. Tú me trajist