MARIANA
El camino de vuelta lo hicimos en silencio.
Zayed miraba por la ventana con la mandíbula apretada y la mano envuelta en la servilleta, que ya estaba más roja que blanca. No se quejó ni una vez. Los hombres como él no se quejan; se tragan el dolor como se tragan todo lo demás, hasta que un día revientan.
Hassan manejaba sin decir palabra. Yo apretaba mi bolso contra el pecho y trataba de no mirar la sangre.
No funcionó.
—Te va a quedar un vidrio adentro si no te curas eso bien —dije.
—Es