Capítulo 32: ¡Obedece Mariana!

Esa mañana decidí que no iba a dejar que se escapara.

Llevaba días saliendo antes del amanecer, esquivándome como se esquiva una conversación incómoda. Y después de lo de hace un par de noches —de sus dedos en mi mejilla, de ese centímetro que ninguno cruzó—, no pensaba dejar que volviera a desaparecer como si nada.

Así que me levanté temprano, me arreglé, y bajé al comedor este dispuesta a desayunar con mi marido aunque le pesara.

El comedor estaba vacío.

La mesa larga, puesta para nadie. Ni u
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