Esa mañana decidí que no iba a dejar que se escapara.
Llevaba días saliendo antes del amanecer, esquivándome como se esquiva una conversación incómoda. Y después de lo de hace un par de noches —de sus dedos en mi mejilla, de ese centímetro que ninguno cruzó—, no pensaba dejar que volviera a desaparecer como si nada.
Así que me levanté temprano, me arreglé, y bajé al comedor este dispuesta a desayunar con mi marido aunque le pesara.
El comedor estaba vacío.
La mesa larga, puesta para nadie. Ni u