MARIANA
Despertar en un sillón de terciopelo tiene una sola ventaja: no te deja olvidar dónde estás antes de que tu cerebro tenga la decencia de mentirte.
Desperté con el cuello en un ángulo que ningún médico aprobaría y con tres certezas instaladas de golpe. Una: seguía en Dubái. Dos: seguía casada. Tres: el hombre con el que me había casado dormía a cuatro metros, boca abajo, sin camisa, con la sábana rendida en la cintura como si la modestia fuera un lujo para gente con menos dinero.
*Esto e