MARIANA
Dormí mal. Muy mal.
Después de la pelea, Zayed no volvió a dirigirme la palabra. Se acostó dándome la espalda, se levantó antes del amanecer, y se fue sin un gruñido, sin nada. El silencio de un hombre enojado pesa más que sus gritos, y este pesaba toneladas.
Me quedé mirando el techo casi toda la noche pensando en una sola cosa: no podíamos seguir así.
Un año.No iba a sobrevivir de guerra fría con un hombre que ni me miraba. Necesitábamos una tregua. Aunque fuera una tregua de cartón,