No recuerdo haber soltado el teléfono. Tampoco recuerdo haber terminado la frase cuando la secretaria de la escuela me dijo que no encontraban a Amelia. Solo escuché mi nombre repetido dos veces, la voz temblorosa, y el golpe seco que me dio el corazón antes de reventarme el pecho.
—¿Cómo que no la encuentran? —pregunté, pero ya no estaba prestando atención a la respuesta.
Cerré la laptop sin guardar nada, dejé la junta a medias, a los socios confundidos, y salí sin mirar atrás. La asistente me