★Lulú
—¿Ya no están enojados? —preguntó Amelia, con sus ojos enormes que siempre me abrían el pecho.
—No, mi amor. Ya no —le dije, aunque por dentro sentía un nudo que no sabía dónde acomodar.
Daniel estaba al otro lado del cuarto, mirándonos como si tuviera algo atorado en la garganta. Tenía los ojos rojos de no dormir. O de pensar demasiado. O de todas las cosas que nunca dice.
Yo ya no sabía qué hacer con él. O conmigo.
Pero Amelia volvió a apoyar su cabeza en mi hombro, y por un momento, solo por ese segundo, todo dejó de importar.
—Mami… ¿te quedas conmigo hoy? —murmuró, medio dormida.
—Sí, mi vida. Aquí voy a estar.
—¿Y papi? —preguntó, abriendo solo un ojito.
Tragué saliva.
—Papi se queda también —respondí, porque sabía que decir otra cosa le iba a doler.
Amelia asintió, feliz, antes de cerrar los ojitos otra vez.
Daniel dio un paso hacia nosotros, como si no supiera si podía acercarse o no.
—¿Necesitan algo? —preguntó, en voz baja.
—Solo que descanses —murmuré.
—