—¿Puedo quedarme contigo, mamá? —la voz de Amelia sonó tan bajita que apenas la escuché, como si tuviera miedo de romper el aire.
Me giré hacia ella. Tenía los ojos hinchados, las mejillas pálidas y el cabello hecho un nudo triste. No era la misma niña que, horas antes, bailaba descalza en la sala inventando canciones con olor a galleta.
—Claro que sí, amor —le respondí con suavidad, abriendo los brazos.
Ella no dijo nada más. Solo se arrastró por la cama, se acomodó pegada a mí y escondió la cabeza en mi pecho. Su respiración era temblorosa, irregular.
—¿Te duele algo, mi vida? —pregunté, acariciándole el cabello.
—No. Solo quiero quedarme contigo —susurró.
—Está bien —dije, aunque dentro de mí todo ardía de impotencia.
Intenté animarla durante la tarde, le preparé su jugo favorito, le propuse leer juntas, ver una película, pintar… pero nada funcionó. No quería hablar, no quería comer, no quería nada. Su cuerpo estaba ahí, pero su cabecita seguía reviviendo el eco de esa mujer dicien