—¿Puedo quedarme contigo, mamá? —la voz de Amelia sonó tan bajita que apenas la escuché, como si tuviera miedo de romper el aire.
Me giré hacia ella. Tenía los ojos hinchados, las mejillas pálidas y el cabello hecho un nudo triste. No era la misma niña que, horas antes, bailaba descalza en la sala inventando canciones con olor a galleta.
—Claro que sí, amor —le respondí con suavidad, abriendo los brazos.
Ella no dijo nada más. Solo se arrastró por la cama, se acomodó pegada a mí y escondió la c