★ Lulú
Si alguien me hubiera dicho antes del desayuno que aquel día iba a terminar con una ovación de teatro barato y un ataque de histeria infantil, le habría dicho que dejara de fumar lo que fumaba. Pero la vida tiene un sentido del humor retorcido y esa mañana decidió hacernos una broma de alto presupuesto.
Amelia y yo andábamos en modo estrella de circo doméstico: escondidas detrás de cojines, cantando canciones incomprensibles y –lo más peligroso– practicando el baile del “salto del unicornio” sobre la mesa. Había dejado que me coronara con una corona de hojas porque la cara que me ponía la enana cuando jugábamos decía mamá con tanta seguridad que me daban ganas de firmar contratos de por vida.
—¡Mamá, atrápame! —gritó, y yo corrí, tropecé con una zapatilla que no era mía (¿de quién eran estas zapatillas?) y caí hecha un ovillo. Nos deshicimos en risa, y por un rato, el mundo se redujo a mermelada, crayones y la certeza absoluta de que nadie en el planeta merecía tanto a esa pequ