★Amelia
—¿Papi…? —pregunté, pero todavía con la voz chiquita, como cuando sueño feo.
No abrí los ojos. No quería abrirlos. Sentía las cobijas arriba de mi cabeza, calientitas, y quería quedarme ahí para siempre.
—¿Estás despierta, mi amor? —dijo mi papi, cerquita. Tenía su voz suave, como cuando no quiere que yo llore.
—No… —murmuré, apretando los ojos más fuerte.
—Amelia… —sentí su mano en mi frente, tibiecita. Luego su beso. Ese que siempre me da en las mañanas antes de ir a trabajar—. Te amo, hija.
—Yo también te amo, papi —respondí despacito porque… porque mi corazón me dolía, como cuando me caigo y me raspo la rodilla.
Papi sonrió. Yo escuché su sonrisa, aunque no lo estaba viendo.
—¿Y por qué mi terremotito no está destruyendo la casa? —preguntó.
Me quedé callada un ratito, mirando la cobija por dentro. Se veían puntitos de luz, como estrellitas muy tristes.
—Papi… —susurré—. ¿Por qué mami Lulú no ha venido? Ya es tarde. Y tú tampoco fuiste a trabajar.
Él respiró fuerte, como cu