★ Daniel
Amelia no paró de hablar en toda la mañana.
Y cuando digo no paró, quiero decir que ni un locutor de radio con cafeína en las venas podría competir con ella.
Desde que le conté que Lulú vendría a casa, mi hija se convirtió en una mezcla entre presentadora de televisión, ingeniera de decoración y jefa de protocolo de eventos internacionales.
—¡Papá! No pongas ese mantel, ese mantel no es digno de una mamá nueva —decía mientras me arrebataba el mantel y lo tiraba al suelo—. ¡Este tiene corazones!
Y yo, un hombre de negocios, director de una empresa y supuestamente adulto funcional, estaba obedeciendo órdenes de una niña con moño chueco.
—Sí, señora jefa, corazones entonces. —le respondí, tratando de no reírme.
—Y las flores van aquí —me señaló con su dedito autoritario—. Porque Lulú huele a flores, no a tostadas quemadas como tú.
Touché.
Esa mocosa tenía un talento sobrenatural para destruir mi ego y al mismo tiempo hacerme reír.
A eso de las once, Amelia se plantó frente a mí