★Lulú
El mensaje de Daniel llegó justo cuando estaba sirviéndole el desayuno a mi mamá: “Te espero en la oficina, Lulú”.
Casi se me cae la cuchara dentro del plato de avena. No sé si fue porque lo imaginé con esa voz suya tan seria o porque llevaba unas horas sin hablarle y el simple hecho de leer su nombre ya me revolvía el estómago… y no precisamente de hambre.
Me quedé mirando la pantalla como si el teléfono fuera a darme instrucciones. Sonreía como idiota, moviendo los dedos sin saber si responder o fingir que no lo había leído nunca, pero el “visto” ya me había delatado.
—¿Qué tanto le sonríes al teléfono, hija? —preguntó mi mamá, levantando una ceja mientras partía su pan.
—Nada, mamá… solo un mensajito de trabajo —respondí tan rápido que casi me trago mi propia lengua.
—¿De trabajo o del jefe ese que te hace poner cara de bobita?
Yo casi escupo el jugo.
—¿Qué? ¡Mamá!
Ella soltó una risa ronca, de esas que parecen salida de una telenovela.
—Ay, por favor, Lulú, si te conozco. A