★ Daniel
Juro que nunca en mi vida había visto algo tan adorable y, al mismo tiempo, tan ridículamente gracioso como lo que presencié esa noche.
Ahí estaba yo, frente a la casa de Lulú, con su puerta recién cerrada en mis narices, cuando levanté la vista y la vi… brincando como una loca por la sala, abrazando un cojín y girando sobre sí misma como si acabara de ganar la lotería.
Me reí solo, sin poder evitarlo. Esa mujer era un caos con piernas. Un huracán con perfume a flores. Y el detalle más mortal de todos: me encantaba.
—Ya veremos si no se repite, señorita Lulú —murmuré en voz baja, sonriendo de lado.
Me di la vuelta para regresar al coche… y casi se me sale el alma por la boca.
Ahí estaba. Mi pequeña duende de rizos dorados, pijama de unicornio y mirada acusadora: Amelia.
—¡Dios! —me llevé la mano al pecho—. Amelia, casi me matas del susto. ¿Qué haces aquí, princesa?
Ella estaba parada a un metro de mí, con sus manitas cruzadas y cara de detective infantil.
—Papi, ¿por