★ Lulú
No sé en qué momento mi vida se convirtió en una novela turca mal subtitulada, pero ahí estaba yo, dándole órdenes a Daniel como si fuera chofer de Uber con GPS defectuoso.
—A la derecha, jefe… no, no, ¡la otra derecha! —grité cuando el coche giró tan brusco que casi termino en el regazo de Amelia.
Amelia, claro, mi querida cómplice, ya iba dormida como angelito después del desastre que habíamos tenido. Tenía la boca entreabierta, roncaba bajito y uno de sus rizos le tapaba media cara. Si la vieras, pensarías que es una santa. Pero yo la conozco. Esa niña se despierta y la paz mundial peligra.
Daniel bufó, sin despegar la vista del camino.
—Lulú, si me das otra indicación equivocada, te bajo en la esquina.
—¿Equivocada yo? Jamás —contesté, indignada, mientras trataba de recordar si mi casa quedaba antes o después de la tienda donde venden tamales los domingos.
—¿Estás segura de que sabes dónde vives? —preguntó con ese tonito de “te quiero matar pero sonrío para no parecer psicó