★Daniel.
Me quedé mirando a Lulú mientras ella intentaba disimular el desastre que tenía en la cabeza: un mechón rebelde apuntando directo al techo, como si quisiera llamar a la NASA. No pude evitar acercarme y acomodárselo suavemente con el dedo.
—Listo… parece menos… peligroso —dije, aunque estaba bastante seguro de que el mechón seguía apuntando al cosmos.
Ella se puso roja, como si le acabara de crecer una flor en la cara. Y ahí estaba yo, mirándola como un idiota profesional, sin poder pensar en otra cosa que no fuera “qué tan terriblemente atractiva se ve cuando intenta no parecer nerviosa”.
No aguanté más. Me lancé y la besé. Sí, en toda regla. Cerró los ojos y, sorpresa: respondió con devoción. Casi me desmayo ahí mismo, pero justo cuando estaba empezando a soñar que vivíamos en una comedia romántica dirigida por gatos, escuchamos un gritito que me recordó que el mundo real todavía existía:
—¡Papi, tengo hambre!
Lulú se levantó de un salto y salió corriendo a abrazar a la pequ