★Lulú
Nunca pensé que aceptar ser la novia de Daniel iba a dejarme tan nerviosa que ni siquiera podía recordar cómo respirar. No sé si era la emoción, la adrenalina o la cantidad de mariposas que estaban haciendo zumba en mi estómago, pero juro que el corazón me sonaba tan fuerte que el pobre Daniel debió escucharlo mientras caminábamos hacia su coche.
Cuando me pidió que fuera su novia, no pensé, no analicé, no hice lista de pros y contras. Simplemente dije “sí”, porque… ¿cómo diablos le dices que no a un hombre que te mira como si fueras el último trozo de pizza del planeta?
Él se ofreció a llevarme a casa, y claro que acepté. ¿Quién en su sano juicio rechaza que su nuevo novio la lleve? Además, yo no quería irme. Quería seguir ahí, pegada a él, aunque fuera mirándole los lunares del cuello y fingiendo que me interesaba la conversación sobre tráfico.
El problema fue que Daniel no me dejaba de mirar de reojo mientras conducía, y yo «que soy un monumento a la torpeza» no sabía qué hac