Minutos después, Isabella salió de la habitación. Ignacio la esperaba de pie en la sala, junto al sofá, con las manos en los bolsillos. Cuando ella regresó, le ofreció asiento con un gesto amable.
—Siéntese, por favor —dijo ella.— Disculpa por hacerle esperar —dijo ella.
—No te preocupes —respondió él con voz suave—. En realidad solo pasé a ver cómo estabas.
Ignacio tomo asiento en el sofá de dos puestos y ella se sentó frente a él.
—Me comentaron que el niño tuvo un pequeño inconveniente —añadió con cautela.
Ella asintió con lentitud, pensando en cómo se había enterado él.
—¿Quién se lo comentó? —preguntó entonces.
—Antes de venir hasta aquí, estuve en el hospital. Me encontré con el Dr Violi en el pasillo y le pregunté por Fabián. Pero sólo me dijo eso, sin mucho detalle. —mintió.
No había sido el médico de cabecera del niño quien le contó con detalle lo ocurrido, sino Antonio Meneses, un amigo de su infancia que había estudiado fuera del país, y al estar de regreso en