Luciano bajó del coche cuando vio a Antonella saliendo de la clínica con el niño en brazos. De forma inesperada, sintió una ternura especial por él. Aunque nunca lo había visto, y lo poco que sabía de Fabián lo había escuchado de labios de la pelinegra, algo en el niño, lo cautivó de inmediato.
Antonella lo ayudó a bajar, sosteniéndolo hasta que estuvo firme en el suelo. Después entrelazó su mano con la de él y caminó en silencio hacia el lujoso automóvil.
—Luciano —dijo—. Él es Fabián.
El niño levantó la vista. Lo miró de arriba abajo sin disimulo, con esa sinceridad inocente que sólo poseen los niños a su edad. Luego, frunció el ceño, pensativo.
—¿Y quién es ese señor? —preguntó curioso, tirando suavemente de la mano de su tía—. ¿Es mi abuelo?... ¿O es tu jefe? —soltó sin más.
Antonella se quedó helada un segundo sin saber que decir. Luciano, en cambio, parpadeó, sorprendido. La pregunta lo tomó desprevenido.
Ella se agachó de inmediato frente al niño.
—No, cariño —dijo,