Ignacio sostuvo la mano de Fabián sin soltarla ni un segundo. Alzó la vista y se encontró con la de Isabella. No hizo falta que ella dijera nada, bastaba con mirarla para notar la emoción que se reflejaba en sus ojos al ver cómo él le hablaba con calma y le brindaba esa seguridad que sólo un verdadero padre puede transmitirle a un hijo.
El médico inició con el procedimiento, con movimientos precisos y breves sujetó el hilo con la pinza, cortó, retiró el punto con cuidado.
—Muy bien, campeón —dijo—. La herida está cerrando perfecto. Ya casi terminamos.
Fabián apenas asintió. Seguía atento a la voz de Ignacio, aferrado a su mano como fuerza y sin mirar la labor del médico.
Minutos después, el médico colocó una pequeña gasa para cubrir la herida y le indicó a Isabella sobre los cuidados que debía tener. Luego de vestir al niño, salieron los tres del consultorio. Isabella se detuvo un instante, su corazón seguía latiendo con fuerza.
—Gracias —dijo, con voz trémula—. De verdad, gr