Durante el almuerzo, Isabella intercambió miradas cómplices con Ignacio. Miradas que estaban cargadas de deseo, de palabras no dichas, de gestos que hablaban por sí solos. De esas miradas que sólo comparten los amantes.
La adrenalina del encuentro reciente seguía vibrándoles en el cuerpo, latente, peligrosa, intensificada ante la posibilidad de haber sido descubiertos.
En medio de la comida, el teléfono de Ignacio comenzó a sonar. Él lo tomó casi de inmediato, miró la pantalla y se quedó inm