Aunque siempre quiso justificarse diciendo que había sido producto del alcohol y la rabia que sentía por la traición de Germán, Isabella no pudo olvidar ese momento. Sus huellas, sus besos, las caricias de sus manos, permanecían grabadas como un tatuaje indeleble en su piel. aún latiéndole en la sangre, embotándole los límites.
—No puede ser él. No… susurró minutos antes de abrir la puerta de su apartamento.
Apenas entró, se encontró con Antonella.
—¡Al fin llegas! —exclamó. Secando su manos con la toalla de cocina.
—¿Dónde está Fabián? —preguntó Isabella aún perturbada.
—Está en la habitación, con Leticia.
Isabella suspiró aliviada.
—Iré a verlo. —dijo dándole el frente a su hermana mientras dejaba la cartera encima del mesón de mármol.
—¿Y a ti que te ha pasado? —cuestionó al ver la blusa desgarrada de su hermana mayor.
—No es nada. Luego te cuento. Ahora sólo quiero ver a Fabián.
Antonella frunció el ceño. La actitud evasiva de su hermana era algo inhabitual, es