Aunque siempre quiso justificarse diciendo que había sido producto del alcohol y la rabia que sentía por la traición de Germán, Isabella no pudo olvidar ese momento. Sus huellas, sus besos, las caricias de sus manos, permanecían grabadas como un tatuaje indeleble en su piel. aún latiéndole en la sangre, embotándole los límites.
—No puede ser él. No… susurró minutos antes de abrir la puerta de su apartamento.
Apenas entró, se encontró con Antonella.
—¡Al fin llegas! —exclamó. Secando su ma