—¡Ah! —exclamó Isabella y se giró sobresaltada.
Al ver la silueta de aquel imponente hombre –a media luz en la habitación– se puso algo nerviosa.
—Disculpe señor —dijo de inmediato, recomponiéndose—, aún no puede entrar. Estoy arreglando la habitación. Necesito que espere unos minutos afuera.
Él la observó desde el umbral. Avanzó como si no la hubiera oído, mientras aflojaba su corbata y se quitaba la chaqueta. Debía estar ebrio por la manera lenta con la que entró a la suite.
—No voy a ningún lado —respondió con voz grave—. Yo pagué por esta habitación.
Isabella respiró hondo.
—Precisamente por eso —replicó—. Necesito arreglarla para que esté cómoda para usted. Si me permite terminar…
Él dejó el saco sobre una silla, se sentó en uno de los sillones y estiró las piernas con deliberada insolencia. Luego comenzó a desatarse los zapatos.
—Siga —dijo—. No me estorba.
La paciencia de Isabella rápidamente llegó a su límite.
—Señor, esto no es apropiado. Necesito que salga.
Él alzó una ceja,