—¡Ah! —exclamó Isabella y se giró sobresaltada.
Al ver la silueta de aquel imponente hombre –a media luz en la habitación– se puso algo nerviosa.
—Disculpe señor —dijo de inmediato, recomponiéndose—, aún no puede entrar. Estoy arreglando la habitación. Necesito que espere unos minutos afuera.
Él la observó desde el umbral. Avanzó como si no la hubiera oído, mientras aflojaba su corbata y se quitaba la chaqueta. Debía estar ebrio por la manera lenta con la que entró a la suite.
—No voy a ningún l