Ignacio reaccionó de inmediato. La sostuvo antes de que cayera por completo y la cargó en brazos.
—¡Carmen! —llamó al salir al pasillo—. Tráeme un vaso de agua. ¡Rápido! La señora se ha desmayado.
La llevó hasta la sala y la recostó con cuidado. Cuando la empleada regresó con el agua, Ignacio se la dio a beber lentamente. Valeria abrió los ojos, desorientada.
—¿Qué tienes? —preguntó él, ahora verdaderamente preocupado.
—No lo sé… —murmuró ella—. Me siento mareada, no me siento bien.
—Vamo