A Bianca se le cortó la respiración. El teléfono pareció pesarle una tonelada en la mano que, temblorosa, bajó lentamente hasta su costado. Lola seguía hablando al otro lado de la línea, pero su voz no era más que un zumbido lejano y distorsionado. Toda la atención de Bianca estaba fija en el hombre frente a ella.
Alessandro permanecía inmóvil bajo el arco de la terraza, con la luz del sol perfilando su imponente figura. Llevaba un traje gris oscuro impecable, pero su postura ya no era la del