Un par de días después del escarmiento en el callejón, Bianca se encontraba en el jardín de la mansión, resguardada bajo la sombra de la terraza, hablando por teléfono con Lola. El ambiente en la casa Riva seguía una rutina impecable, pero la llamada de su amiga traía una novedad que Bianca no esperaba.
—Te lo juro, Bianca, es como si la tierra se lo hubiera tragado —decía Lola al otro lado de la línea, con una mezcla de alivio y desconcierto en la voz—. Ese infeliz me escribía para amenazarme