Alan se quedó de pie en mitad de la penumbra de la habitación de invitados, completamente petrificado. El eco de los pasos de Bianca desvaneciéndose por el pasillo se clavó en sus oídos como agujas. Sentía que el pecho le ardía, no solo por el rechazo, sino por la brutalidad de las palabras de ella. Cada insulto, cada burla sobre su estatus de asistente y su complejo de inferioridad se repetían en su cabeza en un bucle tortuoso.
Se miró las manos, las mismas manos que habían temblado al tocarla