Al escuchar esas palabras, el rostro de Alan sufrió una dolorosa y patética transformación. La culpa lo golpeó directo en el pecho. Se sintió mal, miserable, como un traidor y como un poco hombre por codiciar a la mujer de su patrón. Pero el resentimiento acumulado durante años de abrirle las puertas a Alessandro, de coordinar su vida perfecta mientras la suya propia estaba vacía, se desbordó como un veneno. El complejo de inferioridad que siempre lo había atormentado tomó el control total de