Alessandro Riva se encontraba en su imponente despacho del piso cuarenta, revisando un informe de adquisiciones internacionales que requería toda su atención. El espacio era el reflejo exacto de su mente: calculador, frío, perfecto. Las paredes revestidas de paneles de madera oscura, las obras de arte abstracto estratégicamente iluminadas y el silencio sepulcral solo interrumpido por el sutil zumbido del aire acondicionado creaban una atmósfera de poder absoluto.
De repente, el iPhone que rep