Alessandro colgó el teléfono tan bruscamente que casi estrella el aparato contra el escritorio de caoba. La vena de su sien comenzó a latir con una fuerza violenta. Sin pensarlo dos veces, se puso de pie, tomó las llaves de su deportivo y salió de la oficina a paso militar, con el rostro completamente desencajado y una furia que hacía que sus empleados se apartaran a su paso. Cruzó la recepción como un torbellino, pasando de largo frente a Alan sin dirigirle una sola palabra, sin pedir escolta,